sábado, 24 de marzo de 2012

La vuelta al mundo en ochenta días.


En vano intenta uno definir esas pequeñas cosas que son de por sí inefables, y el placer de un buen libro es una de ellas. Es cierto que existen muchos tipos de lectura, y por ende, muchos tipos de lectores. Hay gente que busca formarse, otros que buscan informarse, muchos que terminan leyendo artículos periodísticos por un impulso de curiosidad. Y existimos los trotamundos como yo, que buscamos viajar.

Como seres humanos, somos mente y cuerpo. Eso no significa que ambos estén siempre en el mismo lugar. A veces el cuerpo está físicamente presente en lugares donde a mente no está. Y a veces, la mente tiene esa extraña habilidad de alcanzar rincones que, de tan perdidos, se han olvidado. Tiene la destreza de seguir a los autores y a sus personajes, por los parajes más insospechados.

Nuestra experiencia de lectores puede resumirse en una frase “Para un pantallazo de las atrocidades del día, basta abrir el diario.” Y esto no quiere decir que no podamos disfrutar de un buen drama, o de una tragedia al mejor estilo Shakespeare. Simplemente, cada tipo de lectura tiene su momento, que generalmente va de la mano con un determinado humor. Así como existen diferentes géneros, cada uno de ellos tiene un sabor característico y una particular forma de captarlo para mejor provecho.

El Conde de Montecristo, Alejandro Dumas. Drama. Este es el mejor ejemplo de aquello que buscamos en un libro en lo que a drama se refiere. Un protagonista como pocos, con el que uno se identifica desde la primera página y con un objetivo –su venganza- que muy pronto se nos mete dentro de la piel. Es larga la travesía de Edmundo, y muchas son las cavilaciones y acciones que lo llevan a conseguir su objeto, pero a pesar de la -tremenda- extensión del texto puede uno afirmar que cada palabra tiene una determinada misión. Es, en resumen, una historia que por su profundo factor humano nos parte el corazón y una de las pocas obras maestras que me ha llevado hasta las lágrimas.

¿Cómo lo hace?, Alison Pearson. Comedia. Basta con volver a escuchar el nombre para que nos arranque una sonrisa. Desde el primer capítulo es fácil determinar quién es Katharine Reddy: una madre sobrecargada a causa de un trabajo que le obliga a viajar asiduamente, luchando por evitar el fracaso de su matrimonio y el rechazo de sus hijos, basado en su constante ausencia. Debe, además, cumplir con una madre y una hermana que constantemente la reclaman y presentar batalla a uso suegros muy ansiosos por criticar hasta su última falla. ¿Y ella, qué hace? ¡Como toda mujer, habla! Sin limitarse a los emails que recurrentemente van y vienen con su compañera de trabajo y su mejor amiga de la infancia, ella despliega un diálogo interno que por su ironía, sagacidad e increíble realismo resulta completamente delicioso. No sólo consigue la autora que el lector llegue a romper en inesperadas carcajadas, sino que lo hace a través de un personaje entrañable, porque después de todo, ¿quién no tiene un poco –o mucho- de Kate Reddy?

La Apelación, John Grisham. Suspenso. Es ardua la tarea de plasmar la tensión que oprime el ámbito político y jurídico con la destreza con que lo hace el mencionado autor. Esta historia nos lleva a través de la vida de un juez –elegido por el dueño de una farmacéutica interesado en tornar una resolución judicial a su favor- que consigue un asiento en la Corte Suprema de Justicia estatal a cambio de tomar una postura contraria a la procedencia de la responsabilidad por los daños y perjuicios causados por médicos y fabricantes. Hasta que su propio hijo sufre una lesión cerebral por la misma causa. Un viaje apasionante que nos muestra con cinismo y exquisitez cómo se mueven los hilos del otro lado, del lado de los que tienen el poder. Definitivamente, uno de esos thrillers que acelera el pulso de lector. Lo interesante: sin que esté en juego la vida de los protagonistas.

La casa torcida, Agatha Christie. Policial. Si bien en este género muchos autores han incursionado, ¿quién como Hércules Poirot? Un hombre calvo y de baja estatura cuyo ingenio consigue ganarse nuestro favor al combinarse con un narcicismo que resulta, a falta de otro término, terriblemente divertido. Sin mencionar que en todos estos años una sola vez he podido adelantarme al desenlace, y Josephine, una niña demasiado confiada en sí misma, no es la excepción. Las páginas palpitan mientras uno espera la consabida escena donde el detective reúne a todos los sospechosos.

Los tres mosqueteros, Alejandro Dumas. Aventura. Sin duda, cuando está bien trabajado, un favorito seguro. Dumas relata la historia de un joven que trata de abrirse camino entre los mosqueteros del rey con una frescura fascinante, giros sorprendentes y una villana -Milady- a quien uno llega a detestar con facilidad y rapidez increíble. No muchos tienen la habilidad de plasmar en el papel la emoción que invade a quien viaja en una montaña rusa.

Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar. Histórica. Y éste, entre todos, es nuestro género “menos favorito”, conjuntamente con las historias épicas/bélicas. Tendemos, por ello, a evitar las biografías. Esto se debe a que, como hemos mencionado al principio, buscamos una historia y no una crónica. Si bien la susodicha novela no encaja exactamente esta categoría, ella nos lleva a compenetrarnos con un personaje real y una época remota, con una forma y un lenguaje que deleitan al lector.

Bomarzo, Manuel Mujica Lainez. Lenguaje. Esta novela la elegimos por el sólo hecho de que, en la pluma de Mujica Laínez, el término lenguaje adquiere todo un nuevo significado. Impecable y con un pulso vibrante, esta obra nos lleva a compenetrarnos con un duque lisiado y sus tribulaciones, pintando paisajes con descripciones magistrales que desencadenan en un final tan sorprendente como memorable.

Cien años de soledad, Gabriel García Márquez. Realismo mágico. Aunque seamos incapaces de nombrar la primera obra leída que pueda enmarcarse dentro de este género, sí recordamos la mala impresión que ella produjo. Eso hasta que, años después, nos encontramos con el que probablemente sea el mejor trabajo de uno de los últimos ganadores del Nobel de Literatura. Resulta sorprendente cómo, en una obra cuya extensión no resulta excesiva, García Márquez consigue introducirnos una gran cantidad de personajes y un entorno completamente extraño sin que ello nos resulte insólito, en absoluto. Sí, podemos llamarlo realismo y mágico cuando un autor consigue envolvernos en un maravilloso mudo de fantasía, una página tras otra, hasta que cerramos el libro sin siquiera habernos dado cuenta.

Los juegos del hambre, Suzanne Collins. Mundo post-apocalíptico. Una de las últimas adquisiciones en el arsenal de nuestra cultura literaria. Generalmente cuando uno escucha la expresión post-apocalíptico piensa inmediatamente en una hecatombe zombie, en un desastre nuclear, en seres deformes. Y si bien existen ocasiones en que la narradora, Katniss, se enfrenta exitosamente con una manada, enjambre o bandada de mutos –unos seres genéticamente alterados por el hombre-, lo llamativo de esta escritora es su agudeza para manejar la historia a través del punto de vista de un sólo personaje y conseguir que cada evento sea absolutamente impredecible. A través de una trama tejida en delicada filigrana, esta novela teñida de una crueldad que destroza el corazón de su protagonista nos ofrece una vertiginosa aventura de sacrificio y liberación.

Guardianes de la noche, Serguei Lukyarenko. Ficción. Anton Gorodetsky es un mago muy particular que no guarda relación alguna con el aclamado Harry Potter, que por cuestiones laborales se ve forzado a enfrentarse con sus iguales o con vampiros -que a diferencia de Crepúsculo, no brillan-. Él es un Otro, y forma parte de los Guardianes de la noche, los seres encargados de controlar que los oscuros y los Guardianes del día no violen el Tratado. Una batalla entre el bien y el mal perlada de conceptos frescos que resultan tan profundos como intrigantes.

Orgullo y prejuicio, Jane Austen. Romance. Un género que carga la subestimación como una cruz y que debemos reconocer tampoco es un favorito personal. Nuestra experiencia nos ha llevado a deducir que el éxito de las obras que caen dentro de este género en particular depende en mucho mayor medida de la química que el autor sea capaz de forjar entre los personajes que de quiénes sean estos protagonistas en particular. Y es por ello admirable como la autora consigue que Lizzy y Darcy, una pareja con rasgos aparentemente incompatibles –pero en verdad no sólo iguales sino complementarios-, encajen a la perfección y se vuelvan inolvidables dándoles la combinación exacta de orgullo, altanería, generosidad y sentimiento.

Don Segundo Sombra. Ricardo Guiraldes. Novela costumbrista. Un género que nos resulta particularmente muy poco atractivo. Lleno de ambientes y un lenguaje con que el lector puede difícilmente identificarse, soy partidaria de las piezas que resultan absolutamente universales, sin elementos que rechinen audiblemente al encontrarse con la falta de familiaridad del lector. E incluso cuando se trata de entornos que uno sí conoce ello no consigue tampoco volver la experiencia más agradable. En absoluto.

Nuestro corazón de lector se encuentra cada día más marcado por nuestra vena escritora. Esta influencia era un secreto -incluso para nosotros-, hasta el día en que llegó a mis manos La mano del muerto, una novela de Alejandro Dumas que me dejó completamente anonadada. Son pocas las páginas, pero el giro que dan a la historia es casi… desgarrador.

Ése libro me ayudó a descubrir la verdadera importancia de los personajes, a darme cuenta de que una vez que escribimos la palabra fin, esos personajes ya no nos pertenecen, que cada lector tiene el poder de permitir que esa historia termine como él mejor prefiera. Y que por ello son los héroes –y por supuesto, los villanos- la pieza vital y clave de toda historia.

Show, don´t tell. La frase de cabecera de todo escritor. Y eso es exactamente lo que los lectores buscamos: la emoción de lo desconocido y lo inesperado, esas palabras que pueden encender las luces en el depósito de nuestra imaginación y envolvernos en su brillo.

Cada vez que me sumerjo en un libro, ése es mi destino: Una vuelta al mundo en ochenta días. Tal vez un poco menos… tal vez un poco más.